Resumen de "Alvaro, D. (2015). El problema de la comunidad"Resumen de "Alvaro, D. (2015). El problema de la comunidad"7/29/2026Autor: Alejandro Busto Bertorelli ÍndiceBreve resumen de los efectos e implicancias políticas y epistémicas de la nostalgia por la comunidadEn cuanto a los efectos políticos de la nostalgia por la comunidad, Alvaro argumenta que esta puede llevar a la idealización de una supuesta "comunidad perdida", que se presenta como un modelo de armonía y solidaridad, pero que en realidad nunca existió. Esto puede llevar a la ignorancia o minimización de las tensiones y conflictos internos que existen en cualquier comunidad, y a la imposibilidad de reconocer la diversidad y la complejidad de las relaciones sociales que la conforman. Además, la nostalgia por la comunidad puede ser utilizada por ciertos grupos políticos para promover agendas excluyentes y autoritarias, que buscan imponer un modelo de comunidad homogéneo y uniforme. En cuanto a las implicaciones epistémicas de la nostalgia por la comunidad, Alvaro argumenta que esta puede llevar a una visión esencialista y estática de la comunidad, que la entiende como una entidad fija y uniforme, con una identidad y unas características claramente definidas. Esto puede llevar a la ignorancia o minimización de la dinamicidad y la complejidad de las relaciones sociales que conforman la comunidad, así como de su carácter histórico y contingente. Además, la nostalgia por la comunidad puede llevar a la creencia en la existencia de una esencia o un sentido último de la comunidad, que trasciende las relaciones sociales y que se presenta como un objeto de conocimiento en sí mismo, independiente de las prácticas y las experiencias concretas de las personas que conforman la comunidad. En resumen, la nostalgia por la comunidad puede tener efectos políticos y epistémicos negativos, al idealizar una comunidad homogénea e ignorar las tensiones y conflictos internos, y al llevar a una visión esencialista y estática de la comunidad, que ignora su dinamicidad y su carácter histórico y contingente. Por tanto, es necesario tener en cuenta la complejidad y la diversidad de las relaciones sociales que conforman la comunidad, y reconocer su carácter histórico y contingente, para evitar los efectos negativos de la nostalgia por la comunidad. Preguntas que guían la lectura y se centran en los temas principales del texto¿A qué se refiere Álvaro con el problema de la comunidad?Para Álvaro, el problema de la comunidad se refiere principalmente a la concepción mítica de la comunidad en sí misma como un ideal. El autor plantea que la noción de comunidad se presenta como una forma de organización social armónica, con características específicas que evocan sentimientos positivos de armonía y paz, como si fuera una forma de vida que existió en el pasado pero que ya no existe y se busca recuperar. Sin embargo, según el autor, esta perspectiva de la comunidad es mitológica, ya que en realidad nunca existió tal como se idealiza. A pesar de ello, se ha convertido en un punto de referencia desde el cual se interpreta la sociedad actual. El problema radica en que se concibe esta comunidad idealizada como algo real y se interpreta de manera negativa a la sociedad actual, que no cumple con esas características mitológicas y armónicas. Se valora en exceso un pasado idealizado en comparación con el presente, y se busca, de manera acrítica, volver a esa supuesta forma de organización social en el futuro. Sin embargo, el autor sostiene que este horizonte es una ficción que nunca existió en realidad y que no podría ser alcanzado. En resumen, el problema de la comunidad, según Álvaro, radica en la concepción mitológica e idealizada de la comunidad como algo que nunca existió pero que se interpreta como real, lo cual afecta la valoración de la sociedad actual y busca una recuperación utópica de un pasado ficticio. ¿Qué quiere decir el autor cuando retoma y problematiza la idea de nostalgia por la comunidad y cuáles son los efectos de esa nostalgia?La nostalgia por la comunidad es el efecto de concebir a ésta como algo que realmente existió, con características específicas. El autor retoma y problematiza esta idea, señalando que en la modernidad, así como en algunos filósofos griegos, se retoma el tema de la comunidad como una realidad pasada que se refiere a un orden social armónico, positivo y sin conflictos ni incertidumbres. Desde esta perspectiva, se interpreta la sociedad actual en términos negativos, porque no tiene las características que se atribuyen a esta comunidad mitológica, concebida como real y no ficticia. Esta nostalgia tiene distintos efectos. En primer lugar, de orden epistemológico, en tanto que la noción de comunidad se esencializa, se concibe como algo homogéneo, como si todas las comunidades fueran iguales, con las mismas características positivas y armoniosas, invisibilizando los conflictos internos que pueden llegar a tener y homogeneizando a los sujetos que la integran. En segundo lugar, de orden político, al invisibilizar a aquellas formaciones que se autodenominan como comunidades, pero que tienen como objetivo la imposición de un orden hegemónico excluyente, comunidades que se erigen como autoritarias, dictatoriales, totalitarias, entre otras. ¿Cómo se ubica el pensamiento dicotómico en relación a su problematización sobre la comunidad?Para Alvaro, la problematización del pensamiento dicotómico en relación a la comunidad se basa en su concepción de la comunidad como una construcción sociohistórica que emergió entre los siglos XVIII y XIX, lo cual la hace contingente y relacionada con otras antinomias que surgieron en la misma época. Este tipo de pensamiento dicotómico prevalece principalmente en Occidente y se caracteriza por tener una lógica jerárquica, donde cada componente de la dicotomía asume valores distintos jerárquicamente. Así, cada noción constituyente de la dicotomía se presenta como opuesta a la otra, asignándose valores positivos a una y valores negativos a la otra. El autor sostiene que estas antinomias no emergen de manera aislada, sino que se amalgaman con otras, generando nuevas antinomias a partir de las interpretaciones y reinterpretaciones que se hacen al concebirlas como "la realidad", es decir, al pensarlas acríticamente y no reconocerlas como una forma de pensamiento específica, constituida sociohistóricamente. En el contexto en el que surge la noción de comunidad, que es el positivismo, se concibe la realidad en términos de racional-irracional. Además, el desarrollo industrial de la época produce nuevos conceptos y representaciones del espacio, generando oposiciones como campo-ciudad, orgánico-metálico, entre otras. Cada antinomia, al amalgamarse con otras, produce nuevos significados y asociaciones. Por ejemplo, el avance incontrolable de la sociedad, concebido como progreso debido a la razón científica, se asocia con la ciudad y la sociedad, mientras que lo orgánico se relaciona con el campo y la comunidad. En este sentido, se plantea que el avance incontrolable de la sociedad está provocando la pérdida de lo que se considera como comunidad, lo cual establece la antinomia comunidad-sociedad. IntroducciónLo que aquí llamamos comunidad es ante todo la cifra de un problema. La comunidad es un problema desde el momento mismo en que se asiste al descubrimiento de su pérdida. Esta fue la experiencia de los modernos y tal vez habría que decir la experiencia inaugural de la modernidad en cuanto tal. Y en cierto modo es también nuestra experiencia contemporánea. Rousseau es el primer moderno en descubrir y lamentar la supuesta pérdida de la comunidad. Desde entonces solo se ha propagado la idílica de la comunidad perdida. Esto es, una imagen que parece reflejar aquello que se cree haber sido y se ambiciona volver a ser alguna vez. El deseo o la necesidad de comunidad se renueva sin cesar generando búsquedas en todas las direcciones. La comunidad sería eso mismo que se vive como una falta para la cual no hay ningún sustituto a la vista y sin embargo continúa inspirando un sinfín de movimientos teóricos y prácticos. He aquí el problema: la comunidad es el problema, la pregunta o la cuestión que surge de la constatación reiterada y sistemática de su falta. Mito y nostalgia de la comunidad perdidaExiste una reciprocidad tal entre mito y comunidad que resulta prácticamente imposible pensarlos separadamente. Esto se debe a una razón bien conocida: ningún mito y ninguna mitología en general próspera fuera de una comunidad, solo en ella y para ella el mito se inventa y se transmite, del mismo modo que ninguna comunidad sabría dar cuenta de sí misma sin su correspondiente mito fundacional. Es decir, no hay comunidad sin mito, ni mito sin comunidad. Jean-Luc Nancy llega incluso a decir que el mito y la comunidad se definen mutuamente: (...)el habla mítica es comunitaria por esencia. Hay tan poco mito privado como lengua estrictamente idiomática. El mito sólo surge de una comunidad y para ella: se engendran uno a otro, infinitamente e inmediatamente. Nada es más común, nada es más absolutamente común que el mito. Así, la comunidad se articula a través del mito, y el mito a través de la comunidad. El mito comunica el sentido de la comunidad, pero precisamente este sentido sería incomunicable de no existir una comunidad siempre ya presente para distribuirlo entre sus miembros. El mito es la voz común o comunitaria, la gran voz anónima en situación de comunitar el sentido o la verdad común de la comunidad. Ahora bien, la comunidad representada según la escena del mito no siempre es la misma. Varía según las épocas y depende en buena medida de la capacidad narrativa o fabulativa de aquel que relata la historia. Lo que parece más o menos invariable es el carácter primitivo de la escena. Siempre se trata de una humanidad originaria y ya desaparecida; de una comunidad de pocos miembros apenas diferenciados entre sí, cuyos sólidos vínculos evidencian un orden social armónico. Aunque el problema de la comunidad pertenece al mundo moderno, nada de lo que este problema expone en cuanto problema resulta comprensible fuera del contexto histórico-filosófico que lo precede y en el cual se inscriben las grandes tradiciones donde abrevan los autores de las teorías que versan sobre el tema. Para entender esta problemática, es importante retener la estructura del modelo general a través del cual se suele plantear; esto es, la secuencia y la concatenación del mito fundacional de la comunidad originaria a la utopía de una comunidad que es la plena realización de un orden social perfectamente justo. Importa comprender que la visión que engendra el mito y la utopía comunitarios nace de percepciones de anticomunidad, de un mundo caracterizado de manera abrumadora por el conflicto, el desacuerdo y la incertidumbre. En todos los tiempos, la fascinación por un pasado legendario así como el embelesamiento ante un proyecto irrealizable o utópico van parejos con una percepción aciaga de la realidad y del presente en general. Estas percepciones de anticomunidad que se identifican con el conflicto, el desacuerdo y la incertidumbre, evidentemente suponen ya ciertas percepciones de comunidad, estas son la armonía, el acuerdo y la certidumbre. Son estas percepciones presupuestas en la inmensa mayoría de los discursos sobre la comunidad las que aquí nos interesa interrogar, percepciones de comunidad que vemos renacer con las nuevas luces de la temprana modernidad y luego con las teorías sociológicas propiamente dichas. Es que, de forma abrumadora, los grandes filósofos sociales de Occidente, comenzando con Platón y hasta nuestros días, han hecho de la búsqueda de la comunidad legítima, de la comunidad perdurable, su principal objeto de reflexión. Concebir la sociedad más amplia como un entramado de trampas y escollos de egoísmo, avaricia, fuerza bruta, caos y miedo; y como medio para escaparse de -o para prevenir- estos males, preocuparse por la naturaleza de la buena comunidad, la comunidad en la que cada hombre tiene la sensación de poder escapar del vacío, combinada con justicia y realización personal: todo esto ha sido y continúa siendo la mayor preocupación de aquellos a quienes en Occidente llamamos filósofos sociales. Lo que quisiéramos hacer aquí, entonces, es desmontar esta oposición entre la sociedad mala y la buena comunidad. Para desmontarla, hay que empezar por detectar su ubicación. Y esa ubicación, este lugar, es el mismo donde se alojan las oposiciones conceptuales que organizan el sistema de significaciones del que dan cuenta nuestras más viejas y nuevas tradiciones. Podemos decir que la "sociedad ideal" que desde los tiempos modernos comienza a ser identificada con la "comunidad" es el mito a partir del cual se piensa el pasado, el presente y el futuro de la "sociedad real". Es el mito moderno de la comunidad como cosa distinta y opuesta a la sociedad lo que es necesario empezar a pensar y a interrogar en toda su complejidad. El problema específico de la oposición entre comunidad y sociedad comienza solamente con la modernidad y en un momento determinado de la misma. Tanto para Platón como para Rousseau, las "enfermedades" del tiempo presente están vinculadas al despliegue incontenible de lo que hoy llamaríamos "racionalidad" y que, paradójicamente, uno y otro encuentran en ella la clave para erradicar esas mismas patologías. El argumento general de este relato, largamente sedimentado a lo largo de los siglos y legitimado por eruditas repeticiones, va a renacer con el pensamiento filosófico-social del siglo XIX. Las respuestas que desde este campo del saber se le daría a lo que entonces buena parte de Europa occidental vivía como un cambio económico, técnico y político sin precedentes, encuentran un sólido punto de apoyo teórico en las propias respuestas que a la crisis de su tiempo habían dado Platón y Aristóteles, entre otros grandes filósofos de la antigüedad. Una vez más, la conciencia histórica europea se sumía en los malos presagios de un presente permanentemente amenazado por el conflicto social y la incertidumbre. Precisamente, en ese presente tan disputado como temido se urdieron un sinfín de teorías heterogéneas, cuyas premisas partían por lo general de un viejo descubrimiento del cual Occidente hacía periódicamente la experiencia como si se tratase, cada vez, de una novedad. Nos referimos al descubrimiento de la pérdida de la forma de vida en común natural y originaria, signada por la convivencia fraterna entre sus miembros, vale decir, de lo que con un sentido no siempre idéntico pero sin duda asimilable las teorías sociológicas clásicas llamaron "comunidad". Por lo general, este descubrimiento va acompañado de un lamento aparentemente incontenible. Es el lamento a que da lugar el malestar provocado por el recuerdo de lo que ya no se es o de lo que ya no se tiene y al que comúnmente se da el nombre de nostalgia. Todo parece indicar, pues, que el problema de la comunidad se inserta en un esquema nostálgico. Esto es, en un esquema de la añoranza de un pasado perdido cuyos rasgos míticos son en muchos casos indisimulables y en muchos, también, indisimulados. El esquema de la nostalgia retorna recurrentemente a lo largo de la historia, desde la antigüedad hasta nuestros días. Si aparece estructuralmente relacionado a la sociología del siglo XIX es por el contexto singular en el que emerge la sociología como ciencia. Un contexto de crisis y revoluciones varias en el que los valores tradicionales aparecen enfrentados a los valores modernos y sobre el cual la sociología hace su propio diagnóstico. Para estos autores, la comunidad representa un pasado real, no mitológico; casi siempre idealizado. Un pasado al que una y otra vez vuelven su mirada melancólica buscando un punto de apoyo firme y seguro desde el cual interpretar la sociedad del presente. Más allá de toda la complejidad que sus análisis presentan, aquí sólo pretendemos llamar la atención sobre un hecho paradójico que consideramos de la mayor importancia para comprender el carácter problemático de la cuestión de la comunidad en los abordajes clásicos de la sociología: el hecho de que la comunidad y todo lo que ella compromete en su simple enunciación desde mediados del siglo XIX, siendo ante todo una representación del pasado y en la medida en que lo es, pueda ser también un indicador de lo que el presente ha perdido y de lo que en último término es preciso recuperar a sabiendas de que un puro y simple regreso no es posible ni deseable. Los análisis de estos pensadores, aunque tienen sus diferencias, versan sobre un tema específico que refiere al pasaje del pasado precapitalista al presente capitalista, conociéndolo como el fin de una era y el comienzo de otra completamente distinta y en muchos aspectos opuestas. El punto más decisivo es la disolución de la comunidad natural y orgánicamente entendida que da paso a una situación donde los individuos, disueltos los antiguos vínculos que los mantenían unidos entre sí y con la comunidad, se convierten en los miembros atomizados de la sociedad civil o burguesa. Mientras en el pasado primaban relaciones personales, concretas y particulares, en el presente predominan relaciones impersonales, abstractas y generales. La época de las oposicionesLos vocablos comunidad y sociedad fueron empleados como sinónimos aproximadamente desde la Edad Media hasta el siglo XVIII. Entre los especialistas existe consenso en ubicar la génesis de la diferencia conceptual entre comunidad y sociedad a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en el momento en que comienzan a desarrollarse en Alemania el romanticismo político y social. Schmitt da a entender que la fuerza polémica de la dualidad entre comunidad y sociedad reside en su carácter oposicional y por lo tanto jerárquico, en el hecho de haber sido una antítesis simple y clara, donde inevitablemente cada una de las posiciones asumió un significado y un valor específico en función de una configuración histórico-social bien determinada como fue la Alemania de fines del siglo XIX. Agrega, treinta años más tarde, que el destino de la antítesis entre comunidad y sociedad es un ejemplo instructivo de los efectos de pensar en términos de valor, y del modo singular en que esta lógica del pensar en valores opera sobre su conocida distinción entre "amigo" y "enemigo". La distinción entre comunidad y sociedad tiene aquí, no lo olvidemos, valor de ejemplo. Sin embargo, en cuanto oposición jerárquica, su destino o su suerte no se diferencia del de otras tantas oposiciones que en ese mismo contexto histórico-social gozaban de un interés semejante: "La oposición de comunidad y sociedad ha experimentado el inevitable destino de todas las distinciones bimembres (dos miembros, dos elementos), que fueron entendidas y llevadas adelante por los hombres con una cierta intensidad. A través de reinterpretaciones de todo tipo, las mismas se tocan con otras antítesis bimembres, se transforman en ellas e incluso se amalgaman con nuevas tensiones y frentes antagónicos." En relación a esto, Schmitt agrega que, desde mediados del siglo XIX, en un contexto dominado por el espíritu positivista de las ciencias naturales que condenaba como "irracional" todo lo que desde su propio punto de vista no era "racional", las antítesis se volvieron aún más simples, dando lugar a un conglomerado heterogéneo de mito y posiciones auténticas e inauténticas que se correspondían infinitamente con muchas otras oposiciones bimembres, tales como sentimiento y entendimiento, corazón y cabeza, calor y frío. El encadenamiento de la serie de oposiciones no parece tener fin. Con cada nuevo contacto y amalgamiento entre antítesis bimembres, la serie entera se transforma, y con ella, el sentido de cada una de las antítesis que la componen. Por esta razón, justamente, para analizar una oposición determinada hay que evitar aislarla. Una oposición nunca se comprende por sí misma. Esta solo es comprensible al interior de una serie y en el contexto particular al que la serie pertenece. Pero, ¿qué sucedió en Alemania, desde 1900, para que la oposición de comunidad y sociedad haya encontrado repentinamente un interés tan profundo? Fue el rápido desarrollo industrial cuyo comienzo se sitúa en el cambio de siglo. Se construyeron las primeras grandes fábricas y centrales interurbanas, se comenzó la electrificación de los terrenos agrícolas débilmente poblados, lo cual condujo a nuevos conceptos y representaciones del espacio. Simultáneamente con esta industrialización, surgió un contramovimiento cuyo lema fue justamente la palabra "comunidad". La nueva oposición bimembre en la cual de allí en más se concretizó la distinción entre comunidad y sociedad, y la de orgánico y lo mecánico, fue la de campo y ciudad. En aquella época de Alemania de 1900-1933, la distinción entre comunidad y sociedad aparecía como expresión de un contramovimiento frente al imparable desarrollo industrial, que era deplorado y combatido como mecanización y racionalización. Pero a diferencia de otras naciones europeas que para ese entonces estaban tan industrializadas como Alemania, la estructura social de este país continuaba siendo, en muchos aspectos, llamativamente tradicional. En este sentido, dicha oposición lo que expone es un conflicto de naturaleza ético-política. La acelerada transformación de la economía era experimentada al mismo tiempo como un cambio inédito en las relaciones sociales de producción y en los modos de ser individuales y colectivos. Frente al avance incontrolable de la "sociedad", que había devenido sinónimo de industrialización, mecanización y racionalidad de la vida en sus aspectos más elementales, la "comunidad", en el sentido preciso en que la habían definido previamente, aparecía como la figura emblemática en la cual confluían con total naturalidad reivindicaciones económicas, éticas, políticas y existenciales de una parte de la población descontenta con la avanzada civilizatoria. Bibliografía
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![]() Alejandro Busto BertorelliPsicólogo formado en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Especializándose en terapias cognitivas, conductuales y contextuales. Ver perfil completo
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