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de la Psicología Social

Facultad de Psicología, UdelaR
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Resumen del texto "Martínez Guzmán, A. (2014). Cambiar metáforas en la Psicología Social de la Acción Pública: De intervenir a involucrarse"

8/6/2025

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Índice

  • ​​Introducción
  • ​​La intervención como problema
  • ​​La metáfora como vía de interrogación
  • ​La intervención como metáfora
  • ​La intervención social es una operación quirúrgica
  • Intervenir es como cerrar una ventana
  • ​La intervención es una metáfora zombi (tecnologías de gobierno)
  • ​​La metáfora del involucramiento y sus implicancias

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​​Introducción

​La palabra “intervención” puede adquirir una enorme cantidad de significados: su uso es extendido, heterogéneo y muchas veces ambiguo. Utilizada no solamente dentro de las ciencias “psi”, sino también por otras disciplinas sociales cuyos intereses académicos y proyectos profesionales son diversos y a veces dispares.

Así, la intervención se ha convertido en un lugar común, en una noción naturalmente asumida que ha quedado fuera casi por completo de la problematización y la reflexión crítica. El concepto mismo de intervención ha sido apenas cuestionado.

Su cuestionamiento es importante si partimos de la idea de que el lenguaje no solo representa o designa la realidad, sino que contribuye activamente a su constitución. Lo que está en juego cuando se adoptan o rechazan ciertos conceptos es algo más que el acuerdo técnico sobre la representatividad de los términos o la “corrección política” de los mismos en el orden de la diplomacia del lenguaje. Por el contrario, estos arreglos tienen que ver con la manera en que concebimos y, por tanto, constituimos nuestras prácticas disciplinarias, con el establecimiento de cierto tipo de relaciones, la asunción de unas funciones u otras, y la concepción del Otro y de uno mismo en el marco de la acción colectiva.

​La intervención como problema

Si bien la “intervención” tiene distintas definiciones, según distintos autores, en general es considerada como una tarea que busca poner a funcionar, en contextos específicos, una serie de herramientas teóricas y metodológicas en la persecución de un fin práctico. De esta manera la intervención se considera preponderantemente perteneciente al ámbito de lo práctico, donde las teorías se “aplican”, y no donde se generan. Y esta consideración a menudo disimula la profunda dimensión teórica y política sobre la que se erige el campo de la intervención, y la manera en que esta contribuye a producir y reproducir ciertas formas de conocimiento y ciertas concepciones de la acción social.

La intervención social implica una serie de concepciones y prácticas que contribuyen activamente a constituir las posiciones de “interventor” e “intervenido, otorgandole a cada cual un determinado lugar en el proceso de acción colectiva, donde se privilegian el papel de las y los intelectuales en el proceso de transformación social, al situarles como elemento principal del cambio.

Además de lo anteriormente mencionado, se encuentra el discurso de la “participación” como una forma de manipulación, así como un dispositivo para legitimar decisiones que se generan en los centros de poder; y, también, la distinción asimétrica entre conocimiento popular y conocimiento científico, y el sistemático privilegio epistemológico otorgado a este último como la guía legítima y efectiva para la acción.

Concebir la problematización de todos estos elementos_
  • La constitución de cierto tipo de sujetos.
  • Las relaciones entre estos sujetos.
  • La manera en que se definen sus problemas.
  • El estatuto y la función del conocimiento científico.

(…)como punto de partida es una ruta fértil para el cuestionamiento y transformación de las prácticas de la psicología social en el ámbito de la acción colectiva, cuestionamiento que pasa por analizar y reinventar los discursos que las constituyen.

​La metáfora como vía de interrogación

La metáfora puede definirse como una figura lingüística en donde una cosa es comparada con otra implicando que una cosa es la otra, como en el caso de “la laguna es una ventana a la tierra”. Así, la metáfora establece cierta semejanza entre una experiencia, acción u objeto, por un lado, y una palabra, frase o concepto ampliamente conocidos, por el otro. A menudo consiste en comunicar lo desconocido mediante su transposición en términos de lo conocido. A través del tejido de estas asociaciones, las metáforas configuran vínculos particulares con el mundo, organizan la experiencia y funcionan como herramientas de comprensión.

La metáfora impregna la vida cotidiana, no solo el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción. Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica.

Interrogar el concepto de intervención a través de la metáfora es una de tantas formas posibles de exploración. La metáfora es una herramienta eficaz para develar asociaciones insospechadas, y de esta manera, útil para indagar en el terreno de las preconcepciones y los conceptos naturalizados. De esta manera, abre una brecha para la exploración de nuevas figuras y comprensiones. 

La metáfora y la acción mantienen íntimos parentescos. Cuando alguien construye una metáfora está literalmente haciendo algo, a saber, articulando en un particular arreglo dos objetos del pensamiento o del discurso que estaban previamente desvinculados. Pero además, las metáforas sirven como guías para la acción. Las acciones guiadas por una metáfora tenderán a ajustarse a la metáfora y, de esta manera, se reforzará su capacidad para dar coherencia a la experiencia. 

Esta potencia para organizar la acción se desprende de la cualidad asociativa de la metáfora. Así, expresiones como “tu afirmación es indefendible” o “tu crítica dio justo en el blanco”, se desprenden de la metáfora “una discusión es una guerra”, y en ese sentido, las acciones que se ejecutan en una discusión se llevan a cabo en términos bélicos. Se considera al otro como un oponente, se considera que se ha ganado o perdido la discusión, se defienden posiciones y se planean estrategias, etc.

De esta forma, la metáfora no sólo enfatiza ciertos aspectos de la experiencia, sino que también suprime o excluye otros posibles, que derivarían en un significado diferente. En la metáfora “una discusión es una guerra”, por ejemplo, se dejan de lado los aspectos cooperativos y mutuamente enriquecedores de la discusión.

En este sentido, las metáforas son dispositivos para producir conocimiento y vehiculizar la acción, y por lo tanto, su análisis es una buena oportunidad para dar cuenta de la dimensión instituida del concepto metafórico de “intervención”, así como también, nos permitirá atender a la dimensión instituyente de la metáfora, su posibilidad de innovación y generación de nuevas figuras y significados; es esta dimensión, precisamente, de la que emergen la creatividad y el cambio social.

La generación de nuevas metáforas nos permitirá establecer conexiones y asociaciones alternativas entre significados hasta entonces desvinculados; relaciones que nos pueden ofrecer perspectivas distintas y renovadas, que nos conducirán a “delinear nuevos objetos, desarrollar nuevos métodos”. La metáfora se vuelve una forma de preguntar y reinventar, un instrumento de interrogación y producción de conocimiento, un medio para aprehender lo social y para desarrollar un “entendimiento alegórico”, más próximo a la experiencia localizada, corporal y afectiva, que abre vías para producir figuras retóricas que hablen de las cosas sin agotarlas.

​La intervención como metáfora

La intervención social es una operación quirúrgica

¿Cuál es el parentesco metafórico entre estos dos campos de experiencia? En primer lugar, ambas prácticas distinguen claramente dos actores: el cirujano o interventor y el paciente o beneficiario. Además, intervenir quirúrgica y socialmente es un proceso controlado racionalmente por el interventor y requiere la posesión de un saber experto que legitima dicho control. Asimismo, para intervenir es necesaria la identificación de un problema, anormalidad o desviación que requieren o demandan ser intervenidos. El cuerpo intervenido es un cuerpo pasivo, está claramente delimitado, se puede medir, evaluar y controlar a través del instrumental técnico adecuado, y se espera que presente una palpable mejora tras la intervención.

Este isomorfismo se evidencia en el léxico que puebla la literatura sobre intervención social. Suele decirse que debe realizarse un diagnóstico social, que hay que evaluar el resultado de los programas, realizar un análisis de las circunstancias y los recursos, establecer un diseño de tratamiento y dar un seguimiento adecuado.

Estas expresiones se avecinan al lenguaje médico y a los discursos que provienen de los ámbitos clínicos/terapéuticos

En esta metáfora próxima al ámbito médico las asociaciones no son azarosas ni casuales, sino que responden a una determinada manera de concebir la acción; nos dicen algo sobre cómo nos situamos ante el resto de actores sociales, qué sentido damos a las actividades que realizamos y que lugar otorgamos al contexto social en que actuamos.

Intervenir es como cerrar una ventana

La causación es uno de los conceptos más utilizados para estructurar y organizar metafóricamente realidades físicas y culturales, y proviene de la experiencia cotidiana de la manipulación directa. 

El modelo metafórico de la causación, que se desprende de manipulaciones físicas como cerrar una ventana, evoca con soltura las prácticas que solemos llamar intervención psicosocial. Está orientado por una secuencia mecánica y un determinismo en una sola dirección: una causa conduce a un efecto en una trayectoria invariable y con resultados previsibles. Como en la intervención social hay una implícita distinción entre interventor e intervenido; dichos componentes de la ecuación deben estar claramente diferenciados para fines de que la metáfora funcione. La agencia (energía, responsabilidad) y el conocimiento (plan) están localizados en el interventor, mientras que el intervenido tiene un rol pasivo, es un paciente. Este modelo de acción es compatible con la siguiente definición: “Se puede definir la intervención social como la acción que se realiza sobre personas y grupos con la intención de producir una mejora”.

La preposición “sobre” nos indica que esa acción recae en un paciente; una acción que un agente realiza sobre alguien, y no con, para o a través de. En estas circunstancias, la intención de producir una mejora solo puede ser localizada en quien emprende la acción.

Así, esta analogía nos permite asomarnos al sentido vehiculizado en la noción de intervención. Nos muestra que esta opera con un guion de acción que requiere unos personajes específicos y una particular disposición de la escena y los movimientos. Un agente y un paciente, un plan y una energía que provienen del primero, un cambio en el segundo a partir del ejercicio agenciado del primero, una resolución premeditada.

Está escena coloca al intervenido como un actor sin agencia, sujeto al mismo tipo de influencias que reciben los objetos físicos del mundo, como la ventana.

Como se ha dicho antes, la metáfora, cuando actúa, muestra al mismo tiempo que esconde. Por ejemplo, la idea de una agencia interventora que actúa sobre un actor social diferenciado y en carencia o necesidad, opaca los procesos de transformación que acaecen al propio interventor durante su implicación en la acción. También opaca los aspectos contingentes, inciertos e imprevistos, que escapan al control instrumental y que influyen decisivamente en la cualidad y el curso de acción. Así, ensombrecen los aspectos cooperativos, la influencia mutua y la determinación recíproca, la agencia distribuida que constituye la acción colectiva y los espacios de indeterminación que se abren en ella, pasan a un segundo plano.

La intervención es una metáfora zombi (tecnologías de gobierno)

La noción de intervención funciona como una metáfora “muerta”, en el sentido de que está tan convencionalmente fijada en el léxico de las disciplinas sociales que ha perdido su sentido alegórico para terminar por percibirse como una expresión literal y objetiva, como algo claro que referencia a un conjunto de experiencias que no podrían ser nombradas de otra forma. Lizcano (2006) usa el término de metáfora zombi, ya que si bien ha perdido su frescura alegórica sigue modelando activamente el concepto en uso. Se trata de un auténtico muerto viviente, un muerto que vive en nosotros y nos hace ver por sus ojos, sentir con sus sensaciones, idear con sus ideas, imaginar con sus imágenes.

Esta cristalización y fosilización de la metáfora interventiva puede situarse históricamente en el marco del surgimiento y consolidación de la lógica científica como mecanismo de control y regulación social. La intervención, en este contexto, se postula como una vía de acceso a la modernidad: se encargará de salvaguardar el pacto social y de detectar y clasificar lo “anormal” y de generar formas de disciplinamiento.

Desde esta perspectiva, la intervención puede entenderse como una tecnología de gobierno: mecanismos, estrategias y procedimientos utilizados para hacer efectivo un campo de poder, orientadas a producir efectos determinados en la conducta de otros, de los intervenidos. La intervención contribuirá a la reproducción de determinados órdenes sociales. Establecerá mecanismos de observación, registro, análisis, comparación y clasificación. Este ejercicio genera saberes que irán configurando el campo de la intervención y que darán lugar a la identidad de un sujeto profesional dueño de estos saberes y en consecuencia legitimado para intervenir.

La intervención como metáfora zombi da sentido y organiza ciertas prácticas desde la sombra, juega un papel importante en la consolidación de la intervención como tecnología de gobierno. El uso naturalizado de la metáfora interventiva dificulta la reflexión con respecto a nuestras prácticas profesionales y la manera en que estas contribuyen a reproducir o desafiar determinados órdenes sociales o formas de relación. En definitiva, el uso naturalizado y generalizado reduce la posibilidad de formas en las que es posible involucrarse en procesos de acción colectiva.

​La metáfora del involucramiento

​Invito a pensar en el término involucramiento como herramienta para construir una forma alternativa de situarse y concebir el papel del investigador/profesional en el campo, de organizar la acción  de generar relaciones con otros actores sociales.

De manera general (pero no son los únicos) hay 3 aspectos de la metáfora del involucramiento que difieren de los de la intervención:
  • La posición del profesional/investigador ante el problema el campo
  • La relación entre los actores -incluyendo al profesional/investigador-
  • La concepción de conocimiento y acción en un proceso de transformación social

La posición del profesional/investigador en el escenario social: formar parte de un entramado

En primer término, la noción de involucramiento se aleja de la noción de intervención porque busca romper con la relación de exterioridad desde donde se actúa. La idea de involucrarse nos ayuda a desmarcarnos de la perspectiva externa desde donde se abordan los problemas sociales y se organiza la acción. Desde esta posición, el sujeto profesional no es un agente externo que, desde la distancia y desde fuera, decide intervenir voluntariosamente en una problemática que, en principio, le es ajena. Por el contrario, el desafío consiste en pensarse como parte de la situación-problema o del escenario social sobre el cual se quiere incidir; introducirse en un campo-tema de forma que habitemos un espacio en un panorama más amplio del que formamos parte. El involucramiento nos remite a envolvernos o a participar. Involucrarse es introducirse, hacerse parte de.

Se trata de concebir una posición en que nos reconozcamos como circundados por una trama diversa en la que incidimos pero que nos desborda, de la que formamos parte pero que no podemos controlar en su totalidad. La idea de involucrarse en un campo-tema facilita pensar la propia experiencia como parte de una forma de acción que acontece en una red temporal en donde convergen actores heterogéneos: humanos, materiales, sociotécnicos. En una red de esta naturaleza la agencia está distribuida y la acción es siempre producto de la colectividad.

Ubicarse en este espacio hace que la distinción entre la situación-problema bien localizada que uno delimita e interviene y el mundo social más global donde esta se inscribe se vuelva difusa. La perspectiva entonces es la de atender una red de actores que, a escala general y particular, están implicados en dicho campo-tema. Así, uno está involucrado en un campo-tema en tanto que uno siempre está en medio, envuelto en una red que lo constituye.

Si partimos de esta posición, el profesional participa de igual manera que el resto de los actores, aunque con instrumentos y vocaciones diferentes, en la constitución del campo social que se busca transformar.

Se trata de pensar el campo como una totalidad de factores coexistentes concebidos como mutuamente interdependientes que son responsables de o permiten explicar la conducta y la acción. Buscando comprender las diferentes fuerzas actuando en su entorno y en un contexto más amplio, sean estas psicológicas o no.

La relación entre los actores sociales: articulación

Esta interioridad del sujeto profesional y del resto de los actores involucrados no es identitaria: no se refiere a la pertenencia -de clase, género, raza- a un grupo esencialmente determinado; no es del tipo “soy parte de la comunidad”. Asumir que formamos parte de una red que conforma el escenario social no significa asumir que los actores son homogéneos.

La acción localizada en una red heterogénea participa igualmente de la diferencia y de la comunidad. En el entramado del campo social, los actores se relacionan desde las diferencias: la red no los homogeniza. Se trata de una diferencia en tanto proliferación indefinida de particularidades. 

La lógica del involucramiento se aparta de la lógica en la que los distintos actores registran su acción en una clave única: las mismas necesidades de partida, los mismos horizontes de movimiento.

La lógica del involucramiento nos acerca más a la idea de establecer tensiones creativas entre las distintas partes, vínculos descentralizados y diversos entre comunidades, saberes y actores sociales que a menudo se mantienen apartados. 

El término involucrar no determina de antemano la estructura de la relación o la dirección de la acción. Involucrarse con alguien implica mantener unos vínculos significativos, pero guardando un campo de indeterminación y variabilidad de dichos vínculos.

Una forma útil de replantear la relación que se establece con otros actores en un proceso de acción colectiva es a través de la noción de articulación. Históricamente los portadores del conocimiento científico se han convertido en portavoces sustentando su posición a través de un distanciamiento objetivo, por medio de una relación de exterioridad y disyunción que se hace visible en el binomio interventor/intervenido. Pero la articulación supone una posición radicalmente distinta para comprender el vínculo: el entramado de actores sociales no es el objeto que será representado por el profesional, sino que será el sujeto de la acción que define y produce sus propios términos de representación.

En lugar de partir de posiciones asumidas a priori, la articulación permite pensar múltiples arreglos que se van constituyendo relacionalmente. En la articulación, el sujeto profesional no tiene inherentemente el rol de catalizador. Si bien estas posiciones y funciones pueden ser ocupadas en uno o varios momentos, la idea de articulación no anticipa y fija las posiciones y posibilidades de relación: sino que da espacio al juego y la movilización, a la negociación y reconfiguración de funciones en el proceso de transformación y a una distribución dinámica y multidireccional de la agencia y la acción.

La interioridad del sujeto profesional con respecto al campo-tema contribuye además a hacer visible las transformaciones que le acontecen como parte del proceso de acción. Mientras que la intervención dibuja una trayectoria donde la agencia y la acción pasan del interventor al intervenido, involucrarse abre un espacio de reciprocidades y entrelazamientos que dan cabida a las intervenciones que recaen sobre el interventor.

En el momento en que deja de ser claro quién interviene y quien es intervenido, quien actúa y quien recibe la acción, quien cambia y quien es cambiado, entonces la distinción interventor-intervenido deja de tener sentido.

Concepción de conocimiento y acción: conocimiento situado, acción inmanente

A diferencia de la intervención, donde el interventor posee un programa, una habilidad, un conocimiento que le otorga tal lugar y que conduce la acción y el cambio, el involucramiento nos aproxima a la idea de que la dirección de un cambio no está preestablecida y responde a una sucesión de intereses y fuerzas locales y temporales. Descartar un conocimiento absoluto y predeterminado para emprender y conducir la acción colectiva, nos sitúa en una posición más cercana a concebir el conocimiento como una práctica social más, sujeto a las contingencias de los encuentros.

El control, la predicción y la certidumbre asociados a la intervención dejan de ser parámetros de referencia. La metáfora del involucramiento nos acerca más a la autonomía creativa que al protocolo detallado. La indeterminación presente en la noción de involucrarse convive mejor con la idea de que reglas simples y generales contribuyen a que haya un mayor despliegue de flexibilidad y creatividad.

La noción de conocimiento situado puede ayudarnos a definir este re-posicionamiento del papel del conocimiento en la acción colectiva. Esta noción sugiere que el conocimiento no se produce desde ninguna parte preestablecida, sino que tiene unas coordenadas de producción muy específicas en el mundo social, y es esta localización terrenal lo que le conceden una “objetividad situada” o una validez ética y política. El conocimiento es generado localmente y es puesto en juego en procesos locales. No aspira a la validez universal y, sin embargo, puede servir como experiencia heurística para otros proyectos que transiten por caminos similares.

Este conocimiento producido y aplicado en escenarios sociales, no es esencialmente diferente del resto de conocimientos puestos en práctica por otros actores en un proceso de relación y transformación social.

Este punto de mira permite rescatar la sensibilidad etnometodológica para reconocer a los actores sociales como miembros competentes de una comunidad, participantes en la realización práctica de los escenarios sociales que habitan, poseedores de un conjunto de saberes cotidianos con los que activamente sostienen y transforman arreglos sociales, 

Podríamos hablar de una suerte de acción inmanente, en el sentido de que no se buscan establecer fundamentos últimos y exteriores a la acción o unos principios trascendentales a los que la acción obedezca, sino que los principios que rigen y vehiculizan la acción, en cada ocasión, son inherentes a la producción de la acción misma. Cada acción particular contiene dentro de sí sus principios de operación, sus fines y sus fuerzas.

Bibliografía utilizada

  • Martínez Guzmán, A. (2014). Cambiar metáforas en la Psicología Social de la Acción Pública: De intervenir a involucrarse. 
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