Resumen de "Pélbart, P. (2009). La vida (en) común"ÍndicePreguntas que guían la lectura y se centran en los temas principales del texto¿Por qué define lo común como la pura heterogeneidad no totalizable?Pelbart define lo común como una pura heterogeneidad no totalizable, entendiendo por ello que lo común es aquello que caracteriza a las singularidades en constante transformación, deviniendo, componiendo y recomponiendo multitudes que no pueden ser homogeneizadas. En este sentido, lo común no se refiere a la identidad, sino más bien a la diferencia entendida en un sentido de inmanencia singular, ya que las singularidades devienen, cambian y se transforman constantemente, siendo siempre diferentes entre sí y consigo mismas. Lo común, entonces, es la potencia, la variación, el devenir y los acontecimientos singulares que surgen en un marco colectivo, sosteniendo la singularidad y su potencia e intensidad. No obstante, el autor advierte que cuando se trascendentaliza lo común, al definirlo como unidad o identidad, se limita de manera radical la inmanencia de los acontecimientos y la potencia de lo singular-colectivo. De este modo, lo común no debe ser concebido como algo trascendente, y por ende, totalizable, sino más bien como algo siempre inacabado, en construcción, en constante devenir y por lo tanto, nunca totalizable, siempre en potencia. En conclusión, para Pelbart lo común es una pura heterogeneidad que surge de las singularidades en constante transformación, y que no puede ser homogeneizada ni trascendentalizada sin limitar su potencia y su intensidad. ¿A qué se refiere el autor con la crisis de lo común?Pelbart hace referencia a la crisis de lo común en el sentido de que, para el autor, lo común es la potencia de lo singular-colectivo, lo común no es algo dado, no es algo que nos es propio a cada uno de nosotros, sino más bien, es aquello que nos hace singulares. Es nuestro constante devenir, nuestra potencia singular en nuestra capacidad para afectar y ser afectados, lo común es justamente nuestra capacidad de que, en nuestra singularidad, poder constituir multitudes imposibles de homogeneizar, de totalizar. Sin embargo, lo que se concibe como común hoy en día no es esto, sino más bien, lo común es aquello que se entiende como lo idéntico, como lo homogéneo, lo que entendemos contemporáneamente como lo común refiere a formas impuestas, totalizantes, que no nos son comunes, sino que imposibilitan la potencia de lo que nos es común, homogeneiza radicalmente la heterogeneidad, imponiendo una forma de vida, una forma de pensar y de vivir la vida que limita, invisibiliza e imposibilita o intenta imposibilitar la existencia de otras formas de vida. En nuestro contexto capitalista, globalizado, se impone una forma de vida llamada “común” en detrimento de otras formas de vida alternativas, y en ese movimiento, se excluye todo aquello que no tiene lugar dentro de la forma de vida impuesta, imposibilitando entonces lo que nos es más común, que es nuestra heterogeneidad, y nuestra potencia de devenir. Los acontecimientos, las composiciones y recomposiciones inmanentes que sustentan las variaciones intensivas singulares en un marco colectivo, multitudinario, se ven coartadas por la imposición de esta vida “común”, que solo es común para unos pocos. ¿A qué se refiere con carácter productivo de lo común como fuerza inmanente?A lo que se refiere Pelbart con el carácter productivo de lo común como fuerza inmanente es que, primero, hoy en día lo "común" se ha expropiado y se ha puesto a producir con un objetivo único, que es el de la producción económica en un contexto capitalista globalizado, capitalismo cognitivo que ha tomado lo que nos es más común, el lenguaje, nuestra capacidad de comunicación, pero también, consecuentemente, nuestra capacidad de relacionarnos, de cooperar, de compartir la memoria, y de esa forma, todo ello se pone a trabajar en común, con un único objetivo trascendente, siempre el mismo, que nada de productivo tiene más que el generar capital. Por el contrario, lo común como fuerza inmanente ya no expropia las capacidades comunes, sino posibilita que se usen de forma creativa, inventiva, en tanto lo inmanente tiene que ver con las condiciones actuales, los acontecimientos que se experimentan y que son imposibles de prevenir. Acontecimiento como aquello que no existe antes de que suceda, como algo imprevisible, y que por lo tanto produce un corte, permite el devenir en formas impensables, singulares, siempre en movimiento, que transforman y se transforman constantemente, construyendo y construyéndose. Así, el verdadero carácter productivo de lo común es aquel que se toma en un sentido de inmanencia, donde la producción ya no se establece apriorísticamente, sino que la producción se va dando, singular y colectivamente. Singular, en tanto potencia, en tanto heterogeneidad nunca totalizable, nunca trascendentalizable, singularidad deviniendo constantemente, producida y productora, pero colectiva también porque toda singularidad se da en un marco colectivo, de multitud, el lenguaje, por ejemplo, es un ejemplo claro de singular-colectivo. Singular, porque cada uno de nosotros hacemos uso de él, pero colectivo, porque sería imposible hacer uso del lenguaje si los otros no pudieran también hacer uso de él, de nada serviría un lenguaje que sea de uno mismo y que no se compartiera. Así, el carácter productivo de lo común como fuerza inmanente radica justamente en la imprevisibilidad de su potencia, pero en la permisibilidad que se le otorga al liberar a las singularidades-colectivas de poder hacer con ese común lo que sientan que necesitan hacer con él, haciendo uso de él para sí y para los demás, y a la vez, visibilizando las diferentes formas de vida, alternativas de formas de pensar que son posibles cuando no se totaliza lo común, cuando el objetivo del uso de lo común no se trascendentaliza, no se objetiviza en un único punto de destino, sino que el destino es, en sí mismo, un acontecimiento que se construye, pero que es a la vez inmanente, porque siempre surgen variaciones imprevisibles. Resumen del textoLa comunidad de los sin comunidadVarios autores contemporáneos se refieren con insistencia a que hoy vivimos una crisis de lo “común”. Deambulamos entre espectros de lo común: los medios, la escenificación política, los consensos económicos legitimados, pero también las recaídas en lo étnico y la religión, la militarización de la existencia para defender la “vida” supuestamente “común”; o más precisamente, para defender una forma-de-vida llamada “común”. No obstante, sabemos bien que está “vida”, o está “forma-de-vida”, no es realmente “común”; que cuando participamos de esos consensos que hablan en nuestro nombre, somos víctimas o cómplices de un secuestro. El contexto contemporáneo trajo a la luz, de manera inédita en la historia, la prevalencia de lo “común”. El llamado trabajo inmaterial, la producción posfordista, el capitalismo cognitivo, son todos fruto de la emergencia de lo común: todos exigen facultades vinculadas a lo que nos es más común, esto es, el lenguaje y su haz correlativo: la inteligencia, los saberes, la cognición, la memoria, la imaginación y, por consiguiente, la inventiva común. Pero también exigen requisitos subjetivos vinculados con el lenguaje, como la capacidad de comunicar, de relacionarse, de asociar, de cooperar, de compartir la memoria. En este contexto de capitalismo en red o conectivo, aquello que es común se pone a trabajar en común. Esta dinámica de poner en común lo que es común, poner en circulación lo que ya es patrimonio de todos, hacer proliferar lo que está en todos y en todas partes, sea el lenguaje, la vida o la inventiva, se hace acompañar de la apropiación de lo común, de la privatización de lo común, emprendida por las diversas empresas, mafias o estados, con finalidades que el capitalismo no puede disimular. Sensorialidad ampliadaSi el lenguaje, como lo común más común, se ha convertido en el núcleo de la propia producción, habría que decir que lo común contemporáneo, dado un contexto de sensorialidad ampliada, circulación ininterrumpida de flujos, es algo más amplio que el mero lenguaje. Este común hoy pasa por el bios social propiamente dicho, por el agenciamiento vital, material e inmaterial, biofísico y semiótico, que constituye el núcleo de la producción económica, pero también el de la producción de vida común. O sea, es la potencia de vida de la multitud lo que es cada vez más la fuente primordial de riqueza del propio capitalismo. De ahí que sea justamente este común adonde apuntan las capturas y secuestros capitalisticos. Por tanto, nos sentimos tentados a redefinir lo común a partir de este contexto preciso. Parafraseando a Paolo Virno, lo común podría postularse más como premisa que como promesa; más como un reservorio compartido, hecho de multiplicidad y singularidad, que como una unidad actual compartida; más como una virtualidad ya real que como una unidad ideal perdida o futura. Diríamos que lo común es un reservorio de singularidades en variación continua, una materia inorgánica, un cuerpo-sin-órganos. En algunos casos el término “multitud” busca remitir a este concepto, por la dinámica que propone entre lo común y lo singular, la multiplicidad y la variación, la potencia desmedida y el poder soberano que procura contenerla, regularla o modularla. Cuando se concibe lo común como fondo virtual, como vitalidad social pre-individual, como pura heterogeneidad no totalizable, nada tiene que ver con unidad, medida, soberanía, y mucho menos con las figuras mediáticas, políticas e imperiales que pretenden expropiarlo. De ahí que la resistencia pase hoy por un éxodo en relación a esas instancias que trascendentalizan lo común y, sobre todo, por la experimentación inmanente de este común, por las composiciones y recomposiciones que lo llevan a cabo, por las redistribuciones de afecto que estas composiciones y recomposiciones propician, por los nuevos posibles que a partir de ahí se abren e inventan. Ética y etologíaEn un plano de composición, se trata de acompañar las conexiones variables, las relaciones de velocidad y lentitud, disolviendo formas y personas, estratos y sujetos, liberando movimientos, extrayendo partículas y afectos. Es un plano de proliferación, de poblamiento y de contagio. En un plano de composición, lo que está en juego es la consistencia con la cual el plano reúne elementos heterogéneos, disparatados. Lo que se inscribe en un plano de composición son los acontecimientos, las variaciones intensivas, los devenires. La comunidad nunca existióLa sociedad no vino, con el Estado, la industria, el capital, a disolver una comunidad anterior. Sería más correcto decir que la “sociedad”, comprendida como asociación disociadora de las fuerzas, de las necesidades y de los signos, tomó el lugar de algo para lo que no tenemos nombre ni concepto, y que mantenía una comunicación mucho más amplia que la del lazo social (con los dioses, el cosmos, los animales, los muertos, etc) y, al mismo tiempo, una segmentación mucho más definida, con efectos más duros (de soledad, inasistencia, rechazo, etc). La sociedad no se construyó sobre la ruina de una comunidad. La comunidad, lejos de ser lo que la sociedad habría deshecho o perdido, es lo que nos acontece, a partir de la sociedad. Nada se ha perdido, y por lo mismo, nada está perdido. Solo nosotros estamos perdidos, nosotros, sobre quienes el “lazo social”, nuestra invención, recae pesadamente. O sea, la comunidad perdida no pasa de ser un fantasma. La comunidad tiene por condición la heterogeneidad, la pluralidad, la distancia, y en ese sentido, la condena categórica del deseo de fusión por comunión siempre lleva a la muerte o el suicidio colectivo. El deseo de fusión unitaria presupone la pureza unitaria, y puede llevar siempre más lejos las exclusiones sucesivas de aquellos que no responden a dicha pureza, hasta desembocar en el suicidio colectivo. La comunidad, a contramano del sueño de fusión, está hecha de interrupción. Comunidad en tanto hecho de compartir una separación dada por la singularidad. Llegamos entonces a una idea curiosa. Si la comunidad es lo opuesto de la sociedad, no lo es por ser el espacio de una intimidad que la sociedad destruyó, sino, casi al contrario, por ser el espacio de una distancia que la sociedad, en su movimiento de totalización, no para de conjurar. En otras palabras, en la comunidad ya no se trata de una relación de lo Mismo con lo Mismo, sino de una relación en la que interviene lo Otro, y este es siempre irreductible, siempre asimétrico. Por un lado, entonces, el infinito de la alteridad encarnada por el Otro devasta la integridad del sujeto, desmoronando su identidad centrada y aislada, abriéndolo a una exterioridad irrevocable, en un no-acabado constitutivo. Por otro lado, esa asimetría impide que todos y cada uno sean reabsorbidos en una totalidad que constituiría una individualidad ampliada. Lo común y la singularidad cualquieraLa expropiación de lo común en una sociedad del espectáculo es la expropiación del lenguaje. Cuando todo el lenguaje es secuestrado por un régimen democrático-espectacular, y se autonomiza en una esfera separada de modo tal que esta ya no revela nada y nadie se enraíza en ella, cuando la comunicatividad, aquello que garantizaba lo común, queda expuesta al máximo y traba la propia comunicación, alcanzamos un punto extremo de nihilismo. Para desafiar esas instancias que expropian lo común y lo trascendentalizan Agamben evoca una resistencia de una singularidad cualquiera, de alguien cualquiera, que no se define por su pertenencia específica a una identidad específica, ya sea de un grupo político o de un movimiento social. Es lo que el Estado no puede tolerar, la singularidad cualquiera que lo rechaza sin constituir una réplica espejada del propio Estado en la figura de una formación identitaria reconocible. La singularidad cualquiera, que no reivindica una identidad, que no hace valer un lazo social, que constituye una multiplicidad inconstante. Singularidades que declinan toda identidad y toda condición de pertenencia, pero manifiestan su ser común: es la condición de toda política futura. ConclusionesSe trata de pensar lo común a la vez como inmanente y como algo en construcción. O sea, por un lado ya está dado, y por otro, está para ser construido, según las nuevas figuras de comunidad que lo común así concebido podría engendrar.
Bibliografía
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![]() Alejandro Busto BertorelliPsicólogo formado en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Especializándose en terapias cognitivas, conductuales y contextuales. Ver perfil completo
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