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Al contrario de lo que se pensaba hasta hace algunas décadas, hoy en día sabemos que nuestro cerebro es dinámico y está en constante cambio, incluso hasta ya adentrado en la edad adulta. Y en ese sentido, un aspecto clave a entender está vinculado a los cambios en la estructura cerebral que tienen lugar durante la adolescencia. Así, actualmente se entiende que estos cambios en el cerebro adolescente se constituyen como uno de los factores relacionados con cómo serán las personas cuando sean adultas, y los problemas comportamentales que estas puedan presentar. ¿Cuáles son estos cambios? ¿Se relacionan con algunas de las patologías que presentan los adultos?
Referencia APA sugerida: La adolescencia: ¿Cuándo empieza?
El comienzo de la adolescencia parece ser un tema que no está del todo claro en la literatura. Sin embargo, en general se considera que esta comienza alrededor de la etapa donde ocurren los cambios biológicos de la pubertad (Blakemore, 2018).
En el último tiempo, el estudio del cerebro adolescente ha cobrado gran relevancia. Y las tecnologías que nos permiten explorar el cerebro nos han brindado valiosos descubrimientos al respecto. En este contexto, se ha podido comprobar que los cambios cerebrales que se experimentan en las primeras fases de la vida continúan durante más tiempo. Y de esa forma, se ha constatado que la adolescencia es un periodo crítico para el desarrollo cerebral, en el cual ocurren cambios significativos en la estructura y la función del cerebro (Blakemore y Choudhury, 2006). ¿Qué sucede en el cerebro durante la adolescencia?
Por otro lado, también se ha visto que se produce un incremento de la sustancia blanca en la corteza prefrontal. Este proceso, denominado como “mielinización”, se refiere a aquel en donde las neuronas se rodean de una capa de grasa denominada “mielina”. Y es debido a la capa de mielina que las neuronas aumentan su aislamiento eléctrico y, por lo tanto, se vuelven eficientes para comunicarse entre ellas.
Consecuentemente, si ambos procesos se dan de manera adecuada, esto resultará en una buena comunicación entre ciertas áreas de la corteza prefrontal y otra zona del cerebro vinculada a la regulación de las emociones y al desarrollo del autocontrol. Sin embargo, como estos cambios se producen a lo largo de algunos años, y en ese tiempo se genera como una suerte de cortocircuito en la comunicación entre estas zonas, ello tiene como consecuencia un aumento de la sensibilidad a las recompensas y, por lo tanto, una tendencia a la toma de decisiones impulsivas (Godoy, 2017).
Estas consecuencias están relacionadas a que la adolescencia implica naturalmente un desequilibrio entre los sistemas socioemocionales y de control cognitivo. Por un lado, porque las áreas del cerebro relacionadas con la recompensa y la emoción, como el sistema límbico, maduran más rápidamente. Y por otro lado, porque las áreas responsables del control cognitivo y la autorregulación, como la corteza prefrontal, se desarrollan más lentamente. Y es este desfase lo que se asocia con la mayor propensión a tener comportamientos impulsivos y de riesgo durante esta etapa del desarrollo. La dinámica adolescente: Adolescencia temprana
Se suele pensar que la adolescencia puede diferenciarse conceptualmente en tres fases. La primera, denominada como “adolescencia temprana”, la cual se ubica entre los 11 y los 13 años. Y la característica fundamental de esta fase es el rápido crecimiento somático, con la aparición de los caracteres sexuales secundarios.
El adolescente que atraviesa por esta etapa se enfrenta a muchos cambios que hacen que pierda su imagen corporal previa, creando una gran preocupación y curiosidad. Usualmente, es el grupo de amigos con el cual se contrasta la incertidumbre producida, y se compara la propia normalidad con la de los demás.
Se da, simultáneamente, una pérdida de interés por las actividades de los padres, y el comienzo de los intentos de reclamar algo de independencia e intimidad propia. Los adolescentes, en esta etapa, no suelen percibir las implicancias a futuro de las actividades y las decisiones que toman en el momento presente, y tienden a rehusarse a aceptar consejos y a tolerar mal las críticas. Finalmente, las relaciones de noviazgo suelen ser cortas y poco cercanas, y el contacto suele iniciarse de forma exploratoria.
La adolescencia media: Entre los 14 y 17 años
El grupo de pares adquiere aún más importancia que antes, y es quien dicta la forma de vestir, hablar y de comportarse. Por ello, las opiniones de los amigos suelen ser más importantes que la de los padres, aunque estas últimas siguen siendo necesarias aun cuando sea solo para discutirlas, en tanto brindan un marco de referencia y de estabilidad.
La importancia de pertenecer a un grupo durante esta etapa es altísima. Y por ese motivo, algunos adolescentes antes que permanecer solitarios, tienden a incluirse en grupos que pueden favorecer comportamientos de riesgo y comprometer su salud. La búsqueda de nuevas experiencias
Los distintos estudios que se han realizado nos permite deducir que, como característica general de los adolescentes, estos disfrutan y buscan situaciones que los hacen sentirse competentes. En muchas ocasiones, este sentimiento está vinculado a la aprobación o no por parte del grupo de amigos.
Frecuentemente, los adolescentes creen que son el centro de atención, y que se los está constantemente observando, y por ello, muchas de sus acciones están moduladas por este sentimiento. Podríamos decir que la experimentación es la norma durante la adolescencia, y si esta se convierte en algo habitual y persistente, puede derivar en problemas.
Esta búsqueda de experimentación, combinada con la necesidad de pertenecer al grupo, el rechazo de consejos de los padres, el sentimiento de omnipotencia e inmortalidad, y la relativa dificultad para autorregular sus comportamientos y sopesar las consecuencias que sus actos tendrán en el futuro, pueden llevar a conductas de violencia, uso de drogas y delincuencia juvenil. Estas actividades significan, en muchas ocasiones, hacer cosas excitantes y más o menos peligrosas de las que pueden estar orgullosos.
Incluso la promiscuidad sexual es, para muchos adolescentes, una forma de probar sus habilidades en un contexto que supone un desafío. Quieren probar si son capaces de atraer a otros adolescentes, sentirse deseables, actuar como adultos y tener poder, entre otras cosas (Casas Rivero y col., 2006). ¿Cuál es la relación entre estos comportamientos y la maduración cerebral?
Pero no hay que olvidar que todos estos comportamientos, y muchas de las consecuencias que derivan de ellos, están favorecidos genéticamente. Los cambios estructurales y funcionales del cerebro actúan como un factor que predispone al adolescente a ser de esa manera. En ese sentido, es importante considerar que estas conductas no son “anormales” ni patológicas, sino que, más bien, son lo normal y esperable en esta etapa de exploración de experiencias y sensaciones.
Pero, ¿Cómo pueden ser estas conductas lo esperable?
Se entiende, en ese sentido, que el adolescente viene genéticamente predispuesto a buscar experiencias y sensaciones. Y en cambio, se encuentra frente a un contexto aburrido que no le brinda ningún tipo de respuesta satisfactoria. Por ello, y como consecuencia, este va a crearlas, o a incluirse en actividades que sí respondan a las demandas típicas de su etapa.
El problema radica, principalmente, en que para algunos adolescentes, los comportamientos que encuentran como respuestas a estas demandas los ponen en situaciones de riesgo, o terminan por habituarse y acaban, eventualmente, por convertirse en adaptaciones patológicas que afectan tanto su salud mental como física por el resto de sus vidas. Conductas de riesgo en adolescentes
Como sabemos, la autorregulación implica la habilidad para controlar impulsos y emociones, que es fundamental en situaciones de toma de decisiones. Entre estas decisiones, encontramos muchas de las que los adolescentes se ven enfrentados en su vida cotidiana.
Adolescencia y sexualidad
Esta etapa está caracterizada por una serie de cambios neurohormonales, cuyo fin último es conseguir la capacidad reproductiva. Estos cambios no pueden aislarse de la búsqueda de independencia y el establecimiento de la propia identidad sexual, moral y vocacional que los adolescentes transitan. Y en ese contexto, suele haber un aumento de la actividad sexual con el propósito de conocer e interactuar con distintos compañeros.
Por ello, es que la toma de decisiones relacionadas con la sexualidad juega un papel crucial, pero el adolescente, por la inmadurez en sus habilidades autorregulatorias, tiene una menor probabilidad de tomar decisiones seguras y responsables en este ámbito. Así, pueden minimizar los riesgos asociados e involucrarse tempranamente en relaciones sexuales, con un numero alto de parejas y sin una adecuada consistencia en la utilización de métodos anticonceptivos (Fernández-Theoduloz y col., 2023). El cerebro adolescente ante el consumo de sustancias
El consumo temprano de estas sustancias genera cambios en la maduración cerebral, específicamente en aquellas redes neuronales que participan de la motivación y la búsqueda de placer. Y esto puede generar, en gran medida, modificaciones persistentes en el funcionamiento del cerebro, afectando la cognición y el comportamiento de las personas.
De esa manera, se entiende que este periodo del desarrollo humano como una etapa crítica para la vulnerabilidad a la adicción. Se ha demostrado que aquellas personas que se inician en el consumo durante la adolescencia tienen mayores probabilidades de recaer en la adicción que aquellos que inician el consumo luego de la finalización del proceso de maduración del cerebro. ¿Por qué es importante conocer estas características?
La importancia de estos hallazgos está vinculada, principalmente, a la elaboración de programas y políticas públicas que se adapten a la realidad adolescente. Por ejemplo, los programas de prevención y promoción de salud que se enfocan en esta población podrían ver mejorados sus resultados si integraran componentes que enseñen habilidades de autorregulación.
Estos podrían incluir técnicas para mejorar el control de impulsos, la planificación y la toma de decisiones, lo que ayudaría a los adolescentes a resistir la presión de participar en conductas de riesgo como puede ser el consumo de ciertas sustancias o, la regulación del mismo. Educación sexual integral y adolescencia
Por otro lado, los programas de educación sexual integral deberían incluir, además de los aspectos biológicos de la sexualidad, también aquellos vinculados a la comunicación, la toma de decisiones y la gestión de relaciones. Y ayudar, de esa manera, a los adolescentes a comprender y estar más informados sobre su salud sexual para tomar decisiones informadas.
Relacionado a esto último, los servicios de salud sexual y reproductiva podrían incluir la creación de programas que brinden atención y promoción accesible a adolescentes, para asegurar que estos tengan un mayor acceso a métodos anticonceptivos, pruebas de enfermedades de transmisión sexual y programas enfocados en reducir las conductas sexuales de riesgo. Políticas publicas y educativas relacionadas al consumo de sustancias
Esto es debido, en gran medida, a que los adolescentes ya conocen los riesgos, pero les importa más lo que piensan sus compañeros sobre ellos que los potenciales riesgos de su decisión para la salud. En ese sentido, sería deseable que los responsables políticos fueran capaces de adelantarse a las necesidades y características de los adolescentes, y tenerlas en cuenta a la hora de decidir los planes educativos y las legislaciones que, entre otras cuestiones, afectan su calidad de vida.
Por otra parte, y dado que mucha de la morbilidad y mortalidad de los adolescentes se debe a accidentes, suicidio, violencia y drogas, es necesario estar atento a síntomas de frustración y aburrimiento, falta de interés y alegría, que hacen vulnerables al adolescente a estas patologías. En ese sentido, la planificación urbanística, la creación de programas deportivos y toda actividad que pueda hacer despertar la curiosidad natural del adolescente e implicarse en actividades que le supongan un reto será útil. Finalmente, es importante destacar que los programas educativos y las modificaciones legislativas que se quieran implementar, sean ya como medidas preventivas y/o de promoción de la salud, no solo deben considerar al adolescente como asilado de su entorno. Sino que, más bien, será necesaria la educación de toda la sociedad, en cuanto a la erradicación de mitos en torno al consumo de alcohol, de marihuana y otras sustancias. Además, la concientización sobre qué tan normalizada está, a nivel social, la ingesta de algunas sustancias, y por lo tanto como dicha normalización impacta en los estilos parentales y de cuidado enfocados en los adolescentes, también debe ser un factor a tener en cuenta. Interrogantes
Si bien los cambios cerebrales explican en gran medida las conductas de riesgo en la adolescencia, ¿Qué papel juega el entorno social y cultural en la manifestación de estos comportamientos? ¿Cómo interactúan la biología y la sociedad en la configuración de la identidad adolescente? Los avances neurocientíficos nos brindan una comprensión más profunda de la adolescencia, pero aún quedan muchas preguntas por responder. ¿Cómo podemos traducir estos conocimientos en intervenciones más efectivas para prevenir conductas de riesgo? ¿Qué otros factores biológicos y psicológicos podrían estar influyendo en este complejo periodo del desarrollo?
Referencias bibliográficas
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Estudiante avanzado de la Facultad de Psicología. |
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